En frío se encuentran más soluciones; un paso más en la relación célula-virus

En el mundo de la biología, la evolución ha sido desde hace siglos, el punto clave para la comprensión de la vida y el cómo ha llegado a ser el mundo tal y como lo vemos hoy. Nos ha alejado de pensamientos creacionistas sin fundamento y de cuestiones erróneas sobre “superioridad” de las especies. Es por esto que el comprender el modo y “orden” de aparición de los organismos en la historia natural nos ayuda a entender mejor la vida.

En esta clasificación filogenética (de grupos de organismos que surgen a lo largo de la evolución) tenemos una clasificación más o menos clara para los organismos eucariotas (con un núcleo definido) entre los que encontramos hongos, plantas, animales y algunos microorganismos como protozoos y algas, y una clasificación un poco más difusa en procariotas (con el material genético libre; sin núcleo que lo proteja) en el que encontramos bacterias y unos organismos celulares que presentan características intermedias entre las células eucariotas y procariotas; las arqueobacterias o arqueas). Sin embargo, es cuando llegamos a esa línea divisoria entre los vivo y lo inerte donde encontramos unas partículas para las que la clasificación es mucho más compleja y que no se conoce muy bien donde encasillarlas; los virus.

Los virus son partículas compuestas básicamente de material genético (ADN o ARN), una cubierta protectora compuesta de proteínas y, en algunos casos, una membrana que envuelve toda la partícula. Es por la inexistencia de célula en su estructura y por la falta de actividad metabólica en su fase extracelular, lo que hace que se plantee su clasificación como vivo o como inerte, pero gracias a un descubrimiento de unos

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Halorubrum lacusprofundi

investigadores de la Universidad de Nuevo Gales del Sur, en Sidney (Australia), estamos un poco más cerca de encontrar respuestas. El grupo liderado por Ricardo Cavicchioli descubrió un plásmido cuyo modo de transferencia ocurre a partir de microvesículas, similar a algunos virus.

La diferencia más notable entre un plásmido y un virus es el mecanismo de transferencia de su genoma entre células hospedadoras. Es por esto que el descubrimiento del plásmido pR1SE de una haloarquea (arquea que vive a condiciones extremas de salinidad) en el Ártico fue tan impactante, ya que este se transmitía de un modo similar a un virus. El plásmido pR1SE codifica proteínas muy parecidas a las que encontramos usualmente en las membranas de

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Plásmido pR1SE

vesículas y que van a englobar y transportar el propio plásmido, siendo capaz de infectar a una cepa diferente que será capaz de producir estas mismas vesículas portadoras de plásmido. Estos, además, se pueden integrar en el genoma del hospedador y replicarse como parte de su propio material celular.

El mecanismo de transferencia de ADN que presenta pR1SE puede representar la estrategia primordial que usaban los virus para introducir su genoma en el hospedador y realizar intercambio génico, suponiendo una relación evolutiva muy fuerte entre los plásmidos y los virus.

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Mecanismos de transferencia de pR1SE similares a los usados por algunos virus.

Es ahora cuando vuelven a surgir preguntas de antaño; ¿Qué fue antes el virus o la célula?¿Son los virus muy ancestrales o son una simplificación muy eficaz?¿Son los virus partículas inertes con funciones mecánicas o son seres vivos que sólo están vivos cuando están en su fase intracelular?

Para más información haz click en ver artículo original

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