La química antes del átomo: La alquimia en Europa. Segunda parte. La medida, los gases, y el fin de la alquimia

 Primera parte: La química antes del átomo: La alquimia en Europa. Primera Parte. La Influencia árabe y el rechazo de lo griego.

  Como en el final de la primera parte del artículo explicamos, la imprenta ayudó a descartar muchas “creencias científicas griegas”, provocando una revolución científica, cuyo espíritu llevaría a numerosos avances en la alquimia de carácter mineralógicos y médicos.

    El médico suizo Von Hohenheim, más conocido por su seudónimo, Paracelso, mediante sus trabajos representó un desplazamiento del centro de interés de la alquimia hacia la medicina. Paracelso mantenía que el objetivo de la alquimia no era el descubrimiento de técnicas de transmutación, sino la síntesis de medicamentos para el tratamiento de enfermedades. También, fue capaz de obtener el metal zinc puro, no como mineral o aleación, únicas formas en las que se obtenía antiguamente, considerándose a menudo como su descubridor.

   El médico alemán Georg Bauer se interesó en la mineralogía por su posible aplicación en la farmacología, y en 1556 publicó el libro De Re Metallica (Sobre La Metalurgia), donde se reunían todos los conocimientos prácticos de la minería de la época. De Re Metallica consiguió establecer la mineralogía como ciencia, y es considerado el trabajo sobre tecnología química más importante anterior al siglo XVIII.

   Cabe destacar que la conexión de medicina y mineralogía fue uno de los aspectos más relevantes en el desarrollo de la química a lo largo de los dos siglos y medio siguientes.

   En 1597, el alquimista alemán Andreas Libau publicó Alquimia, libro que presenta un resumen de los logros de la alquimia en la época medieval, de manera clara y sin misticismos, pudiendo considerarse el primer texto sobre química de nombre conocido. Libau también descubrió la obtención del ácido clorhídrico, el sulfato amónico, y el tetracloruro de estaño. También describió la preparación del agua regia, y propuso el reconocimiento de sustancias minerales mediante el reconocimiento de los cristales procedentes de la evaporación de sus disoluciones.

    En 1604 se publica La carroza triunfal del antimonio, de autor desconocido, en el que se discute sobre los usos médicos de dicho metal, y de sus derivados.

   Más adelante, el químico alemán Johann Rudolf Glauber, descubre un nuevo método de obtención del clorhídrico mediante la acción del ácido sulfúrico sobre la sal. Durante dicho proceso obtiene el residuo sulfato sódico, la cual estudió. Durante sus estudios advirtió su capacidad laxante, y la acabó considerando un curalotodo, llamándola la “sal maravillosa”.

   Los resultados, tanto científicos como económicos, de esta época de la mineralogía y la medicina acabó provocando que la mayoría de alquimistas dejaran de lado la idea de la transmutación a oro, considerándola una pérdida de tiempo, llevando a las facetas más místicas y centradas en la transmutación de la alquimia a la decadencia durante el curso del siglo XVII.

   Sin embargo, a pesar de todos los avances, el conocimiento químico se encontraba retrasado con respecto a otras ramas de la ciencia, en las que la aplicación de las matemáticas y las medidas cuidadosas habían llevado a grandes avances. Ejemplo de esto sería la física con Galileo y, posteriormente, Newton, con quien se llegó al clímax de la revolución científica.

    Esto se debía a que el material con el que trabajaban los alquimistas era más difícil de simplificar como para tratarlo de manera matemática. Aún así algunos lo intentaron. Por ejemplo, el médico flamenco Jean Baptiste Van Helmont cultivó un árbol, y, pesándolo a lo largo de su crecimiento, intentó conocer el origen de sus tejidos, llevando así la medida a la biología y la química.

   Van Helmont también fue el primero en estudiar los vapores que se producían en sus experimentos, describiendo por ejemplo el CO2, al que llamó gas silvestre. Esto no se había realizado antes debido a la complejidad para trabajar con ellos, creando una especie de misticismo a su alrededor.

  Por el final de la vida de Van Helmont, la investigación de los gases tomó gran importancia. Los gases dejaron de ser algo misterioso, pasaron a considerarse materia con propiedades que podían ser estudiadas.

   Evangelista Torricelli, físico italiano, demostró que el aire ejercía presión, e inventó el barómetro. El alemán Otto von Guericke inventó una bomba de vacío y demostró que la atmósfera ejerce una presión.

   Este tipo de trabajos con gases despertó el interés de Robert Boyle, químico irlandés, quien, junto con la ayuda Robert Hooke, científico inglés, perfecciona la bomba de Guericke, y empieza a experimentar con el aire. Boyle halló la relación entre la presión ejercida sobre un gas y su volumen, relación que publicó en 1622, y a la que hoy en día nos seguimos refiriendo como ley de Boyle.

   Esta fue la primera vez que se intentó aplicar la medida rigurosa a un problema de interés para los químicos, sin embargo, Boyle no especificó que la temperatura debía mantenerse contante para que su relación fuera válida, hecho que especificó Edme Mariotte, físico francés, quien descubrió de manera independiente la ley de Boyle en 1680, hecho por el que también se alude a esta ley como ley de Boyle-Mariotte.

    Estos experimentos de Boyle llamaron la atención de los atomistas, los cuales crecían en número por toda Europa gracias a la publicación y distribución del poema de Lucrecio. Aunque la muy baja compresión de líquidos y sólidos no era prueba de la teoría atomista, ya que si estaban formados por una sustancia continua también se mantendría la baja compresión igual que si estaban formados por muchos átomos muy juntos, la gran compresión de los gases en los experimentos de Boyle sólo se podía explicar si estaban formados por minúsculos átomos separados por vacío.

  Esto también llevó a comprender mejor la evaporación del agua, y acabó extrapolándose a toda la materia, provocando que la teoría atomista ganara cada vez más adeptos, entre ellos Newton.

 Boyle, rechazando los antiguos principios y los intentos de estudiar el universo mediante razonamientos, como hacían los antiguos griegos, en vez de manera práctica, en 1661, llamó a su considerada principal obra científica, El químico escéptico.

  De esta manera, mediante la supresión de una única sílaba (en inglés alchemist y chemist), Boyle marcó el final de la alquimia como tal, con el objetivo de empezar una nueva etapa para el desarrollo de la ciencia, a la que denominó química.

   Espero que este artículo haya servido a los lectores para hacerles ver que, aunque la alquimia fue una etapa con muchos charlatanes y misticismo, no se queda en eso, sino que también fue una etapa con muchos avances sin duda necesarios para el desarrollo de la ciencia tal y como la conocemos hoy en día.

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